Fotografía y Danza

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Carlos Pérez Soto
Profesor de Estado en Física
La nostalgia ya no es lo que era

Una imagen que tiene casi cuarenta años. Los largos últimos cuarenta años de Chile. Han pasado por ella varias técnicas. Fue registrada en blanco y negro, en el celuloide de las ahora “viejas” cámaras que ya casi nadie usa. Fue impresa en el papel fotográfico brillante de antaño, probablemente en un tamaño pequeño. Tres décadas después fue escaneada y convertida en pixeles de computador. Yo la estoy viendo ahora, en tamaño carta, impresa en papel común.

Las transformaciones la han gastado quizás tanto como el tiempo. Creo distinguir en ella el gran del celuloide original, pero no lo sé realmente. Podría ser el pixelado debido al escáner, cuya resolución poderosa lo vuelve indiscreto, o simplemente un defecto de la impresora.

Se trata de una imagen de danza. Un bailarín es captado en medio de un gesto enérgico, más atrás dos o tres bailarinas quizás lo enfatizan. No se pueden distinguir muy bien los detalles. No sólo es el tiempo y las mudanzas, la foto, como se suele decir, curiosamente, “salió movida”.

La paradoja es inmediata. Justamente la esencia de una fotografía es que la imagen que hay en ella no se mueve. Pero justamente también la esencia de la danza es el movimiento. Dos cuestiones imposibles quedan en evidencia en esta imagen: una foto “movida”, una danza quieta. Si se quería “eternizar un instante” de la obra esto representa un doble defecto. La foto registra en realidad varios instantes, sin decidirse por ninguno de ellos. Pero esta indecisión hace que se pierda la nitidez de lo que se quería registrar. Salvo por un detalle crucial: se trataba del movimiento.

Quizás es por eso que esta tarea, que podría haberse desechado por defectuosa, ha sobrevivido. Sospecho que quien la ha conservado la estima incluso más que a las otras, cuya “perfección” fotográfica eterniza efectivamente un momento. Solo uno.

En esta fotografía uno de los bailarines solo aparece parcialmente. Vemos, como si estuviese saliendo, solo su pierna izquierda, atrasada. Nuevamente aquí resalta una de las claves del arte de la fotografía: el cuadro y, desde luego, el amplio misterio del “fuera del cuadro”. Pero esta es también una de las claves del arte de la danza: la escena solo adquiere sentido desde lo que está más allá de ella. La fotografía de danza nos muestra en esto otra incomplitud fundamental. Se registra en la escena, un instante. El régimen de movimientos, el espectador, la ansiedad del coreógrafo, la época y sus circunstancias, se escapan. Y así es también la memoria: selecciona, encuadra, enfoca. Aquello que se recuerda es solo una imagen atravesada por el misterio de lo que no ilumina. Y la fotografía no es sino una imagen de esa imagen.

No puede haber entonces ejemplo más preciso de las múltiples imposibilidades que representa recordar una obra de danza que esta fotografía gastada, “borrosa”, que sobrevive tenazmente ante la indiferencia de una época vanidosa que cree tener por fin, ahora sí, los medios técnicos adecuados para registrar una obra en movimiento. ¿Por qué sobrevive?, ¿qué sobrevive en ella?, ¿por qué rescatarla como algo valioso si dice su valor tan difícilmente?

Muchas de las fotografías de danza que se muestran en este libro eternizan sus instantes con la apariencia bien lograda de la precisión y la claridad. La mayoría intentan retener las obras. En algunas los protagonistas mismos miran sin saber hacia el presente. A pesar de lo que no muestran, y también justamente por ello, señalan una voluntad orgullosa, imperiosa, casi combativa: estuvimos allí, hicimos esto y aquello, éramos nosotros. Los tiempos eran difíciles, pero estuvimos allí. Las dificultades eran enormes, y sin embargo logramos hacer esto y aquello.

Lo que señalan fue, en la prosaica práctica, un conjunto de acciones precarias, cercadas, estruendosamente minoritarias, que fueron calurosamente reconocidas por todo el que las vio, y también despiadadamente olvidadas incluso por quienes no podían olvidarlas porque ni siquiera las vieron. Omitidas, relegadas al espacio de la nostalgia, estas imágenes emergen hoy, como acusándonos. Lo que emerge en ellas no son, propiamente, las obras, los actos mismos, perdidos para siempre, sin remedio ni queja, como es, y como deber ser, en la vida de la danza. Es más bien el recuerdo de esos actos, la realidad de la memoria misma. Esta imagen ejemplar, precaria entre lo precario, no solo nos dice “se trataba del movimiento”. Revela también la fugacidad de la memoria, montada aquí sobre la bella fugacidad de las obras.

En realidad, solo se recuerda lo que aún ocurre. La memoria es un asunto del presente. La nostalgia es más bien la expresión de un deseo que un ánimo arqueológico. Deseamos, y ahí están esos registros que nos recuerdan que deseamos. Ponemos en el pasado la incomplitud del hoy. Por eso, no recordar lo que aún ocurre no es omitir el pasado, es más bien darle la espalda al presente.

Recordamos a los detenidos desaparecidos porque aún no hay justicia, y los asesinos se pasean por las calles. Recordamos a los héroes como contraste con el presente mediocre. Queremos creer que alguna vez fuimos más jóvenes de lo que realmente éramos porque ahora somos más viejos que lo que podríamos ser.

Habría que meditar entonces, profundamente sobre esto: recordamos la época que llamamos dictadura como un tiempo vital, de lucha y de pasiones. Más que el dolor o el miedo, que más bien alimentan nuestras indignaciones, lo que recordamos es la furia con que expresábamos el dolor, la valentía inocente con la que enfrentábamos el miedo. Cómo no pensar que el color de esos recuerdos dice mucho más del presente que de lo que haya de cierto en ellos.

Ponemos en la estabilidad del tiempo ido lo grande, lo verdadero, lo permanente, porque sentimos la pequeñez y la fugacidad del presente. ¿Por qué, entonces, recordar justamente lo fugaz, lo irrepetible, lo mínimo? Cuando se retiene un pañuelo, un sombrero o un libro, recordamos en ellos una época, una serie de circunstancias diversas en que fueron de algún modo protagónicos. La fotografía, en cambio, como quizás se ha dicho ya tantas veces, solo retiene un instante, y lo prolonga de manera imposible.

Quizás sea por eso que la fotografía es más apropiada para recordar la danza que cualquier otro objeto más permanente. Se conservan los vestuarios, los programas, a veces los decorados, pero todos, coreógrafos, bailarines y espectadores, se sienten mucho más atraídos por el arte de lo fugaz.

El coreógrafo sueña en las fotografías la múltiple relación entre lo que cree que alguna vez hizo, lo que habría hecho, lo que quisiera hacer. El bailarín remueve en sus fotografías movimientos que transitan del pasado al porvenir. El espectador se conmueve ante la maestría ilusoria, retratada con artificio y ventaja, y la da por vivida y por vivible, como si el tiempo no existiera. Más aún en esta, la más borrosa, en que el gesto enfático, quizás de ira, se rebela contra la eternidad que el formato le promete, en esta, en que el desgaste se rebela contra el olvido miserable.

Las viejas fotografías parecen ser un arte de lo ido, un artificio de viejos que no terminan de morir: el pasado ocurrió tan rápido… y el presente es tan lento. Una incurable nostalgia parece retenernos en ellas, como una muda protesta contra el presente.

Pero esa memoria liberada libera los fantasmas que empiezan a recorrer una vez más el mundo. Y así es el tiempo presente, lleno de promesas e indignaciones. Si la memoria libera el pasado de su cárcel ignorada, no se ve por qué no habría de ser también un elemento que nos empuje a liberarnos de las cárceles del presente.

Ya se ve, en las viejas fotografías y en las calles, que este es un tiempo, como todos, en que todo cambia, en que todo está por cambiar. Ni siquiera la nostalgia es ya lo que era.

Santiago, 21 de septiembre de 2014, es otra vez la primavera.